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En el día del bien goza del bien; y en el día de la adversidad considera dice el Sabio (Eclesiastés 7:14). Ubicados en el centro mismo de la actual encrucijada que vive el mundo, hay lecciones que hemos de sacar, si somos sabios, a fin de enfrentar de mejor manera las negras horas que se avecinan. Un grito de Dios A causa
de los trágicos hechos acaecidos en Nueva York y Washington en
el pasado mes de septiembre, en el corazón de todo el mundo occidental
se ha levantado una fuerte ola de dolor y de empatía con el pueblo
norteamericano. Como
hijos de Dios, desde este rincón de Sudamérica, nos hemos
unido espontáneamente a ese dolor en el momento mismo de la tragedia,
y nos unimos ahora más reposadamente desde esta tribuna al duelo
que envuelve a esa gran nación, que tristemente cuenta y llora
a sus muertos. Como
hijos de Dios, nos duele también la suerte de nuestros hermanos
que partieron tan abrupta y dolorosamente, lejos del abrazo familiar,
y del consuelo de una última palabra de fe. Pero nos duele todavía
más la suerte de los muchos que partieron sin estar a cuentas con
Dios, que se fueron antes de poder hacer reposar su cabeza en el seno
del Padre amante que nos dio a su Hijo para nuestra salvación eterna. Por unos
y otros, y por quienes quedan sufriendo las secuelas de un hecho tan demencial,
nos dolemos. Por estos últimos hemos orado y seguiremos orando,
a fin de que el dulce consuelo de Aquel que de verdad sabe consolar, enjugue
sus lágrimas y les dé fuerzas para vivir el resto de sus
días con provecho. Pero quisiéramos aquí reflexionar brevemente aunque casi al filo de la importunidad acerca de los sucesos acaecidos y aventurar algunas reflexiones acerca de la suerte del mundo que nos queda por vivir. Una
lección de hermandad Una de las cosas que
más ha impactado a todos es el reforzamiento de los lazos de hermandad
y cooperación entre los hombres y las naciones. Millones de flores
se han depositado en el mundo entero en memoria de los caídos,
millones de oraciones se han elevado a favor de los que sufren, millones
de manos y de brazos se han estrechado en un gesto de buena voluntad.
Muchas lágrimas se han derramado, no sólo entre los más
cercanos, sino también a la distancia, en lugares donde nadie puede
ver. Decenas de países en otro tiempo enemigos, han alzado su voz
para solidarizar y para unirse al repudio por las acciones de sangre.
Estadistas otrora
enemigos han hecho gestos de buena voluntad y han ofrecido su ayuda (¿No
hemos viso a Yasser Arafat repudiando públicamente el atentado
y, después, donando sangre para las víctimas?). Todo esto es, sin
duda, una gran ganancia para un mundo no acostumbrado a las muestras de
solidaridad y gestos de buena voluntad. Hemos visto cómo un país
como Estados Unidos, acostumbrado a exigir adhesión a sus demandas
más que a ceder, un país acostumbrado a no necesitar mucho
de otros, ha bajado su cerviz para recibir el abrazo fraterno y la bendición
de otros, aun de los más pequeños del orbe. Esta es una importante enseñanza que nos deja el dolor. Un
país se vuelca a Dios El dolor trae consigo,
además, otras ventajas. El dolor nos hace más maduros. Un hombre (y una nación)
que no han sufrido, que no ha tenido que soportar la punzada de la herida
aleve, no es un hombre (ni una nación) maduro. Es incapaz de amar
generosamente, y de sentir como en su misma carne el dolor ajeno. La pérdida
de la confianza en sus propios medios, y la pérdida de la seguridad
no es una pérdida que deba necesariamente lamentarse. Por supuesto,
a nadie le gusta vivir en la desconfianza y la inseguridad. Sin embargo,
de la pérdida de estos valores puede derivarse una gran ganancia. Un hombre confiado
en sí mismo, y seguro de sus capacidades no es un hombre al que
Dios tenga fácil acceso. Las puertas de su corazón están
cerradas para él, como para los demás hombres. De manera que un corazón
sobresaltado, aunque sea un caso patológico desde el punto de vista
científico, es un corazón con las puertas abiertas para
la sabiduría, porque el principio de la sabiduría es el
temor de Dios. En los días
pasados hemos visto cómo una nación entera, desde sus máximas
autoridades, se reunía a orar y a escuchar el mensaje de su principal
figura religiosa diciendo a todo el país: Necesitamos a Dios.
Los hemos sentido confluir en todo lo ancho y largo de esa gran nación
hacia sus centros de reunión, y aun en las mismas instituciones
públicas, para orar con contrición, y hemos sabido del silencio
respetuoso de quienes en otros momentos se oponían a ello en forma
vocinglera. Hemos visto también
al Presidente de esa nación y a los cristianos de verdad llamar
con decisión a mantener la serenidad y a frenar los actos de fanatismo,
racismo y violencia que se han suscitado en contra de sectores erróneamente
asociados con el terrorismo. Hemos sabido también que uno de sus
principales periódicos ha comenzado a incluir en sus páginas
peticiones de oración y testimonios acerca de la eficacia de la
oración para enfrentar los momentos de crisis. En otro tiempo miles
de misioneros norteamericanos salieron por el mundo llevando las buenas
nuevas del evangelio de Jesucristo. Muchos rincones del planeta entre
ellos, Chile fueron bendecidos por su preciosa y paciente siembra.
¡Gracias a Dios por ello! Hoy, en el día
de la adversidad, deseamos que Dios les asista y, sobre todo, deseamos
que Estados Unidos se vuelva a Dios, y que su vuelco sea definitivo. El piadoso escritor
cristiano C.S. Lewis escribió: Dios nos susurra en nuestros
placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero nos grita en nuestros
dolores. La idea de Dios susurrándonos,
hablándonos y gritándonos no es en nuestros días
una idea muy aceptada. Es más bien una imagen mística, casi
medieval, propia de gente fanática. Sin embargo, esta frase la
escribió quien fuera uno de los más eminentes catedráticos
de Cambridge y Oxford del siglo XX. Los que tenemos el
privilegio de conocer a Dios podemos percibir según el decir
de Lewis que Dios le está gritando a Estados Unidos y al
mundo occidental hoy a través de este dolor. Los israelitas en
los tiempos bíblicos tenían a los profetas que les gritaban
mensajes de Dios desde los montículos en los campos, desde las
esquinas de las plazas, o en los portales del templo. Los israelitas podían
aceptar o rechazar el mensaje que Dios les enviaba, pero Dios había
hecho oír su voz a través de sus profetas. Sus profetas
daban testimonio de que Dios había enviado su palabra, y que su
cumplimiento se apresuraba a venir. Hoy, Dios ya no tiene
esos profetas. Los tiene, pero no de esos que se paran a gritar en las
calles los gritos de Dios por los pecados de la nación. Los profetas
de Dios que llaman al arrepentimiento no son oídos hoy en día.
Ellos no tienen espacio en los medios de comunicación, porque no
son agradables de oír, y porque echan a perder los shows
de la televisión. Los que sí son escuchados son los que
dan, más bien, falsos mensajes de paz a un mundo que no conoce
la paz. Entonces, Dios tiene
que hacerse oír de una manera extrema y dolorosa. Los susurros
y la voz delicada de Dios no se pueden oír en el tráfago
de las grandes urbes, en el ir y venir de las transacciones, y en el bullicio
de las bocinas en las grandes avenidas. Entonces, tiene que venir una gran detonación, que es como el grito de Dios. El
clamor por la justicia En la hora de afrenta
y dolor, el alma humana clama por justicia. Como le parece que sus demandas
son legítimas siente que nadie las puede sofocar. Entonces su voz
se oye insistente en los tribunales (de este mundo y del otro) para que
el juez proceda a su favor. Sin embargo, un hombre
(o una nación) que ha aprendido algo de parte de Dios, debe, lo
primero, encerrarse a solas con Dios y buscar allí el consuelo
y luego una explicación. Recién, después de haberlos
recibido, podrá ir tras la justicia (si cabe) con más sabiduría,
con menos virulencia, con más ponderación, con un sentido
mayor de su propia responsabilidad. Si nos apresuramos, en nuestro dolor, a buscar la reparación que merece la ofensa infligida, no nos quedará tiempo para obtener la lección que Dios nos quiere enseñar. Un
mundo inseguro Para la generalidad
de los hombres, el mundo antes del 11 de septiembre de 2001 era seguro
y estable; pero después del 11, ya no es tan seguro ni estable.
Esta es, sin duda, una apreciación muy práctica y real,
derivada enteramente de los hechos acaecidos. Pero, ¿de verdad
el mundo ha cambiado tan abruptamente? Para los cristianos fieles no hay
tal cosa como un cambio tan abrupto. En verdad, el mundo no ha cambiado.
Siempre ha sido y será inseguro e inestable. Ellos saben lo que
Dios ha dicho: El mundo entero está bajo el maligno;
y lo que Cristo dijo: En el mundo tendréis aflicción.
Pero ellos también saben lo que Cristo agregó a esas palabras:
Pero confiad, yo he vencido al mundo. (Juan 16:33). El mundo sigue siendo
igualmente engañoso, igualmente precario e inseguro. El hombre
tampoco es más frágil hoy que ayer. Siempre fue igualmente
frágil e inconsistente, sólo que no lo sabía como
lo sabe hoy. Ahora ha quedado en
evidencia una situación que ya era, pero que no conocía;
sus ojos han sido alumbrados mediante el dolor de la tragedia. De manera
que en medio de la pérdida hay otra ganancia: hoy se conoce (o
debiera conocerse) el hombre un poco más, y está (o debiera
estar) en mejores condiciones de actuar en consecuencia. Ahora está
en condiciones inmejorables para apoyarse en Dios y para buscar refugio
en Dios. El mundo no se volverá
más seguro con la creación de armas más letales y
con la aplicación de más medidas de inteligencia, de mayor
y mejor contraespionaje. El mundo no se volverá más seguro
por la vía de las armas. Los mayores peligros
del mundo occidental hoy son espirituales. Es lo que en la Biblia se denomina
misterio de la iniquidad el cual avanza y se agranda en la
medida que el Cristo de Dios es rechazado. Los más enconados enemigos
del mundo occidental hoy son verdaderos monjes modernos poseídos
por espíritus suicidas, son apóstoles de la muerte contra
los cuales no valen armas de guerra. Sus armas son invencibles (¿quién
puede contra uno que no teme morir?) y sus ataques pueden aparecer en
cualquier momento y lugar. Ellos sólo pueden ser neutralizados por un poder espiritual mayor el de Cristo y sus embates sólo pueden ser resistidos por quienes se han cobijado en Aquél que es Escondedero contra el viento y Refugio contra el turbión. (Isaías 32:2). Hay
que esconderse en Dios Seguramente, Estados Unidos volverá otra vez a retomar su ritmo de vida; pretenderá levantar su ánimo alicaído, y el mundo occidental se repondrá de este dolor. Posiblemente, la humanidad logre crear nuevas condiciones para la paz y la seguridad. Pero ellas no lograrán
ofrecer ni una paz ni una seguridad permanente. Cuando digan: Paz
y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina,
como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán. (1ª
Tes.5:3). Este es día
para esconderse en Dios. Sabemos que para esconderse en Dios es preciso
hallar a Cristo. Sólo así tiene cumplimiento la palabra
inspirada que dice: Vuestra vida está escondida con Cristo
en Dios. (Col.3:3). Lamentablemente, Cristo es muy poco conocido
hoy. Aunque en Estados Unidos sea el personaje más popular en estos
días, el héroe más aclamado, es todavía
sistemática-mente ignorado y rechazado. El verdadero Cristo es
un perfecto desconocido. ¡Ay! ¡Quién
le diera a esta generación oídos para oír a Dios
y ojos ungidos para verlo! Oramos para que en esta hora de tristeza y reflexión, nuestros oídos puedan oír lo que Dios nos está diciendo, y nuestro corazón se vuelque a Dios en busca de consuelo y refugio para las negras horas que se avecinan. *** |