.Una revista para todo cristiano · Nº 10 · Julio - Agosto 2001
PORTADA

Siendo aún un niño, Jesús maravillaba a los doctores de la ley en Jerusalén. Más tarde, ya hombre, maravilló a los hombres por sus palabras de sabiduría, por sus milagros, por sus preguntas y respuestas. Maravilló a los sabios y también a la gente sencilla; a los reyes y a los plebeyos. Sin embargo, ¿había algo que le maravillara a Él? Él, que lo tenía todo como para asombrar a los hombres, ¿era susceptible de asombro?

El asombro de Jesús

La Biblia dice que Jesús “no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre” (Juan 2:25). Nada, por tanto, le podía sorprender. La sabiduría de los sabios con todos sus sutiles vericuetos no era para Él motivo de sorpresa. Él mismo los había sorprendido con preguntas y respuestas que desafiaban su inteligencia (Luc.2:46-47). La riqueza con todo su lujo tampoco era para él motivo de maravilla, porque aunque no tuvo dónde recostar su cabeza, nunca envidió a nadie, y se conformó con recostarse bajo un árbol en el monte de los Olivos o comer a la mesa de la gente sencilla.

Sin embargo, la Biblia nos muestra dos situaciones humanas que solían asombrarle, más aún, que le maravillaban. Una era la fe y la otra la incredulidad. La una venía en la compañía del gozo; la otra, con el gravamen de la tristeza.

La fe

Cierta vez se acercó a Jesús un soldado romano de cierto rango –un centurión– y le trajo una preocupación que tenía: su criado estaba postrado en cama, gravemente enfermo. El Señor lo tranquilizó en seguida, diciéndole: “Yo iré y le sanaré”. Entonces el centurión respondió: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará.”

Y luego agregó una explicación, que fue lo que más sorprendió a Jesús: “Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.” Jesús entonces dijo a los que le seguían: “De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe.” (Mateo 8:5-10).

El centurión era un hombre de autoridad que estaba, a su vez, bajo autoridad. Él sabía lo que era mandar y lo que era obedecer. En el ejército romano, la orden de un superior no podía desatenderse: era una ley.

En el plano espiritual, el centurión atribuyó a Jesús la máxima autoridad, porque bastaría una orden suya para que la enfermedad retrocediese. No importaba de qué enfermedad se tratase, ni qué circunstancias la agravaban. Cuando se está en la cima del mando, una orden es irrevocable, y todos deben obedecer. Jesús es el Señor (el ‘Kirios’). Por eso, aunque la casa de este soldado podía abrirse para recibir a un grande hombre (tal vez al mismo emperador), no era digna de recibir al ‘Kirios’ en ella, al Señor de toda la tierra.

Así que, lo que el centurión había aprendido en el ejercicio de su profesión lo aplica ahora sabiamente en el plano espiritual. El centurión pudo discernir mejor que los religiosos de su época quién era ese Hombre que estaba ante él. De ahí la maravilla del Señor.

Por supuesto, el criado fue sanado en aquella misma hora. ¡El ‘Kirios’ había dado una orden!

En otra ocasión, una mujer extranjera corrió detrás del Señor pidiendo por su hija enferma. Jesús no le respondió palabra. Aparentemente, no quería atenderla porque Él había venido a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Sin embargo, ella insistió con desesperación. El Señor todavía rehúsa a concederle lo que ella pide. Le dice: “No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos.”

Entonces la mujer exclama: “Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.” Ante eso, Jesús exclama con asombro: “Oh, mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres.” Por supuesto, la muchacha fue sanada en el acto.

La fe de la mujer le llevó a insistir hasta la importunidad. Y Jesús, que no se maravilla por la grandeza de los hombres (Lucas 16:15 b), se maravilla por la fe de esta mujer extranjera.

¡Bienaventurados los que creen! (Hebreos 11:6).

La incredulidad

Veamos ahora el otro motivo de asombro que tuvo el Señor.

En su soberanía insondable, Dios escogió a la ciudad de Nazaret para que Jesús pasara allí su infancia y juventud. Nazaret fue, en este sentido, una ciudad altamente favorecida. Sin embargo, la actitud que tuvo para con Él fue desdichada. No diremos que fue ingrata, fue más que eso: fue desdichada. Teniéndolo a Él allí le menospreciaron, y aun más, quisieron matarle.

Ellos se escandalizaron del hombre que habían visto crecer corriendo por sus calles, jugando con los demás niños. Ellos decían: “De dónde tiene éste estas cosas? ¿Y qué sabiduría es esta que le es dada, y estos milagros que por sus manos son hechos? ¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están aquí con nosotros sus hermanas? Y se escandalizaban de Él” (Marcos 6:2-3).

Reconocían que era un hombre extraordinario, porque su sabiduría y sus hechos portentosos eran irrefutables; sin embargo, tropezaban en que era demasiado familiar para ellos, ya que conocían su origen y su familia.

Al respecto, Jesús decía: “No hay profeta sin honra sino en su propia tierra, y entre sus parientes, y en su casa.” Y por causa de la incredulidad de ellos, no pudo hacer allí ningún milagro, salvo que sanó a unos pocos enfermos, poniendo sobre ellos las manos. ¡Jesús estaba asombrado de la incredulidad de ellos! (Marcos 6:6).

Ellos asociaban erróneamente la grandeza de Dios con la opulencia y elegancia de los fariseos y los escribas. Ellos pensaron que Dios habría de mostrarse con la gloria que por derecho propio le pertenecía. No vieron a Dios en la sencillez del Vecino de Nazaret. Su corazón estaba cerrado para Dios. Sus ojos estaban cegados

¿Qué es la incredulidad? La incredulidad es el muro que impide ver a Dios, es la ceguera del racionalista, es la lepra que carcome el corazón, es la necedad del fatuo y presuntuoso. La incredulidad es vivir por lo que los ojos ven y por lo que la mano palpa. La incredulidad no ve la Mano que dirige la escena tras el escenario del mundo; es la vanidad de pensar que después de esta vida no hay otra. (1ª Cor.15:32).

La incredulidad no es imputable a Dios, sino al hombre. Aunque la fe es un don de Dios, la incredulidad es de factura humana, alimentada por el desvarío de la mente, la soberbia de la carne y la vanidad de la vida. ¡Oh, que Dios nos permita huir de tamaña desgracia!

Dos suertes distintas

La fe y la incredulidad: dos actitudes extremas; dos formas de vida opuestas; dos suertes con distinto destino. Las dos causaron el asombro de Jesús, pero una para bien y otra para mal. ¿En cuál de los extremos se ubica usted? No hay, como usted ve, posiciones intermedias.

Si usted decide despojarse del estrecho racionalismo, de su mente calculadora, si renuncia a tratar de explicarlo todo con sus cortos alcances, y se abre al Espíritu de Dios, tal vez reciba usted el don de la fe. Tal vez Dios quiera tener de usted misericordia y enriquecerlo de veras. Entonces usted se alineará con aquél centurión romano, con aquella mujer extranjera, y con los otros muchos que han asombrado gozosamente a Jesucristo, el Señor.

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