Mensajes de Restauración

La sabiduría de los sabios y la revelación de Dios

Lo primero que todo hombre de Dios ha de saber es que la revelación de Dios pone en jaque la sabiduría de los sabios, y que la voluntad de Dios es derribar ésta para establecer aquélla en el corazón del hombre.

Lecturas: 1ª Cor. 1:18-20, 3:19-20

Dios se esconde y se revela

Una de las cosas más asombrosas en el modo de obrar de Dios es que Él se esconde y también se revela. ¿Cómo así? ¿A quién se esconde, y a quién se revela?

En el Antiguo Testamento, aparecen numerosas expresiones similares a esta: "Oh, Señor, ¿por qué te has escondido de nosotros?" (Job 13:24; Salmos 10:1; 13:1;27:9;30:7;44:24, etc). También en el Nuevo, el Señor Jesús, por lo menos en tres ocasiones, señaló que Dios es un Dios que se esconde. (Mt.11:25; Mt.13: 11,13; Jn.9:39)

En aquellos días, el Señor cerró los oídos de los sabios y de los soberbios, para que no escucharan. Hoy día Él cierra los misterios encerrados en su Palabra para que ellos no lo puedan ver. El Señor dijo muchas veces: "El que tiene oídos para oír, oiga." Esta es una frase fuerte. Pareciera que ella no estuviera pronunciada desde el amor de Dios. ¿Por qué es así? El Señor dice a través de Isaías que él esconderá sus ojos de ellos, porque tienen llenas de sangre sus manos y sus obras están llenas de inmundicias (Is.1:15-16;22-23).

Sin embargo, Dios también se revela, se da a conocer. Dios se ha dado a conocer por medio de Jesucristo (Jn.1:18;14:9). Y esta revelación de Dios es un hecho espiritual, porque Dios es Espíritu. Nadie que conoció a Jesús solo como hombre pudo conocer a Dios a través de Él (2 Cor. 5:16). La revelación de Dios es un hecho que ocurre en el interior del hombre, cuando el Espíritu de Dios toca al espíritu del hombre, y lo vivifica. Entonces este hombre puede conocer a Dios y a su Cristo.

Antes de este ‘toque’ del Espíritu, el hombre es un ser incapaz de conocer a Dios, porque él está muerto en su espíritu (Ef.2:1). Este ‘toque’ del Espíritu se conoce en la Biblia como "el nuevo nacimiento". Desde que eso ocurre, el hombre –ahora renacido– puede cono-cer a Dios. Ahora tiene el Espíritu Santo morando en su interior, el cual le capacita para recibir de Dios lo que es de Dios.

Conociendo por el Espíritu

Habiendo renacido, y teniendo el Espíritu Santo de la promesa, el hombre tiene comunión con Dios, de tal manera que Dios ya no puede esconder su rostro de él. Esas palabras dramáticas de David en los salmos, o de los profetas del Antiguo Testamento, preguntándole a Dios por qué se había escondido, ya no tienen sentido para los que han renacido. El Señor dice: "No esconderé más de ellos mi rostro; porque habré derramado de mi Espíritu sobre la casa de Israel, dice Jehová el Señor" (39:29). ¿Por qué no va a poder esconder más su rostro? "Porque habré derramado de mi Espíritu" – dice el Señor.

¡Oh, este es motivo de gozo para los hijos de Dios! Ahora tienen el Espíritu Santo, el Espíritu de revelación. Ahora tienen la cara descubierta y pueden mirar a Dios cara a cara (2ª Cor.3:17-18). Ahora pueden conocer lo profundo de Dios, porque –como Pablo dice– "tenemos la mente de Cristo" (1ª Cor. 2:16b

Así que, si bien el hombre natural, que vive por el alma y desde el alma, y cuyo espíritu está muerto, está incapacitado para conocer las cosas de Dios.(1ª Cor. 2:14), en cambio, los que han nacido de Dios, que tienen la mente de Cristo, están capacitados para conocer las profundidades de Dios. Ellos tienen todas las cosas a su alcance, todos los misterios, toda la ciencia, toda la plenitud de Dios (Col.2:2-3,8-9).

La filosofía

No obstante, en su insensatez, el hombre natural –cuyo espíritu está muerto, y, por tanto, incapacitado para recibir conocimiento espiritual de Dios– intenta, ha intentado e intentará, con su entendimiento entenebrecido, conocer a Dios.

Así ha surgido en la historia del hombre, en primer lugar, la filosofía y, posteriormente, la teología. Dos ambiciosos intentos por conocer el fin último de las cosas, por alcanzar un conocimiento acabado del hombre, del mundo y de Dios.

La filosofía presume ser la madre de todas las ciencias. Pero en realidad, no es nada más que una versión intelectual de la torre de Babel. "Edifiquémonos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue al cielo, y hagámonos un nombre ", – fue la consigna de quienes la erigieron (Gén.11:4). "Edifiquémonos –dicen los filósofos– un sistema de argumentos y razonamientos que, encadenados unos con otros, apoyándose los unos en los otros, nos permitan llegar a conocer lo Absoluto."

Ha habido filósofos que han intentado, y de hecho han logrado, crear grandes sistemas de conocimiento, admirados por la posteridad, y cuya cúspide es Dios, o, más bien, el conocimiento que ellos presumen tener acerca de Dios. Hubo uno –Baruch Spinoza– que llegó a decir, en una especie de emoción mística: "Nosotros sentimos y experimentamos que somos eternos." He aquí lo que puede llegar a decir un alma que ha sido perfeccionada por los métodos del conocimiento humano. ¿De qué eternidad hablaba Spinoza? ¿Puede haber eternidad en un espíritu que no ha sido vivificado? Tal pretendida eternidad no es más que una mera ilusión.

La filosofía utiliza ciertos métodos para alcanzar su conocimiento. Están la deducción, la lógica y, principalmente, la intuición, con los cuales adiestra la mente y desarrolla el pensamiento. La intuición, como método filosófico, consiste –según una definición– en "un acto único del espíritu que de pronto, súbitamente, se lanza sobre el objeto, lo aprehende, lo fija, lo determina, por una sola visión del alma."

Este "espíritu" del que se habla aquí no es más que el alma cultivada. Luego, el filósofo toma esta intuición –que es una supuesta visión de la verdad– y la somete al razonamiento discursivo, hasta llegar a constituir un cuerpo de doctrina. En la Biblia encontramos repetidas veces el término "visión". Nosotros sabemos que la visión espiritual es un acto por medio del cual Dios revela algo a sus hijos. ¡Y aquí aparece la filosofía utilizándolo con similares características, aunque en su caso no se trata de una visión espiritual! ¿No es esto una imitación?

Una de las obras humanas más alentadas por el diablo ha sido la filo-sofía. ¿La filosofía? ¿Acaso –podrá aducirse– lo no se enseña en los colegios? ¿No es la cúspide del conocimiento humano? El conocimiento filosófico puede ser considerado, en muchos aspectos inocuo, y hasta beneficioso; sin embargo, el problema de la filosofía está en hacerle creer al hombre que puede alcanzar a Dios, y que puede llegar a conocer todas las cosas sin la ayuda de Dios. La filosofía pretende sustituir la revelación que Dios ha hecho de sí mismo, y poner en su lugar el presuntuoso elucubrar de sus propios razonamientos.

Actualmente hay en la cristiandad muchos hijos de Dios que se han vuelto a la filosofía, y se han desviado de la fe. Muchos se deslumbran con su terminología y sus sutilezas, e intentan introducir sus formas y métodos en reemplazo del Espíritu Santo, dejando de lado las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo. (1 Tim.6:3-4).

Los hijos de Dios tenemos a Cristo y tenemos el más glorioso Espíritu, el Revelador, dentro de nuestro corazón. ¿Cómo nos habríamos de volver a la vana filosofía del mundo?

La teología

La teología, prima hermana de la filosofía, surge a imitación de la filosofía artistotélica. A fines del siglo II, algunos cristianos provenientes del ámbito de la filosofía, viendo que la fe estaba siendo fuertemente atacada, pensaron que podrían defenderla utilizando la filosofía. Uno de los primeros fue Justino, quien llegó a decir que Platón era un Moisés griego. Ellos comenzaron a establecer puntos de contacto entre las enseñanzas de los filósofos y la doctrina bíblica y llegaron a pensar que los griegos no estaban tan equivocados, pues habían alcanzado una forma de sabiduría muy parecida a la revelación bíblica.

Así surgieron, en épocas posteriores distintas, dos grandes teólogos: Agustín de Hipona (siglos IV-V) y Tomás de Aquino (siglo XIII). Agustín fue quien "cristianizó" a Platón, llegando a decir que Platón debió de haber conocido el Antiguo Testamento. En tanto, Tomás de Aquino "cristianizó" a Aristóteles.

Y así surgió un caballo de Troya que perdura hasta hoy en la cristiandad.

La teología toma elementos de la filosofía (conceptos y métodos) y trata de aplicarlos y armonizarlos con la enseñanza de la Biblia. O bien, según los distintos énfasis que tiene, toma las verdades de la Biblia y trata de darles una explicación racional, a la manera de la filosofía. La revelación de Dios, sublime y eterna, es sometida así al tamiz de la mente caída de un hombre que no conoce a Dios de verdad.

Aunque Agustín llegó a conocer a Dios, sin embargo, como antes había sido filósofo y seguidor de diversas doctrinas, no pudo sustraerse a la tentación de echar mano a esas cosas. Los primeros teólogos cristianos razonaron más o menos así: "Como Platón y Aristóteles hablan de Dios y como el mismo Platón habla de un mundo superior verdadero y un mundo inferior aparente, tal como hace la Biblia, entonces podemos armonizar ambas cosas y sacar así provecho de la filosofía, y de paso embellecemos y enriquecemos la doctrina cristiana." Bajo tal predicamento se ha sembrado por siglos el racionalismo entre el pueblo de Dios.

Tomás de Aquino es el más grande teólogo católico. "Santo Tomás –dice un filósofo católico actual– puede ser considerado la piedra angular de todo el pensamiento cristiano Su estilo es semejante al de Aristóteles; posee una estructura rígidamente científica." He aquí el mérito de Tomás: parecerse a Aristóteles y poseer una actitud científica; y nótese que es la piedra angular de todo el pensamiento cristiano (católico, se entiende). Por eso están las cosas como están.

Tomás desarrolló en la "Summa Theologica" gran parte de su pensamiento. Posteriormente han venido otros, y han tomado de él para ampliar y desarrollar ese edificio, esa Babel que pretende llegar al cielo. Tomás llegó a decir: "Nada hay en la inteligencia que antes no haya estado en los sentidos", lo cual huele fuertemente a Aristóteles. ¡Como si los sentidos pudieran dar cuenta de Dios! "En esta vida –agrega– no es posible conocer el Bien absoluto que es Dios." Y añade: "La moral establece las leyes que nos señalan el camino a Dios." Sin embargo, ¡Pablo nos enseña que por la justicia de la ley nadie puede conocer a Dios!

La teología (pese a lo significativo de su nombre), por su origen y por sus métodos, es inútil para conocer a Dios, especialmente esas modernas formas de teología –el liberalismo teológico, la teología de la liberación, la teología del mito, etc.– que son verdaderamente apóstatas. Seguramente muchos teólogos conocen a Dios de verdad, pero equivocan el camino cuando pretenden explicar a Dios con los instrumentos racionales de su ciencia.

La filosofía y la teología han sido un gran escollo para que la cristiandad conozca de verdad a Dios y le sirva. De ellas se han alimentado, por desgracia, muchos líderes religiosos en los últimos siglos. Ellas otorgan un conocimiento que envanece, que vuelve altivos y soberbios a los hombres. Su visión de Cristo es un remedo pálido y aun grotesco del Señor glorioso. Pablo decía: "Y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así" (2ª Cor.5:16). ¿De qué le habría servido a Pablo o a cualquiera de los apóstoles conocer a Cristo sólo en la carne?

Es lamentable que muchos cristianos en nuestros días se dejen seducir por estas formas de conocimiento vano, que no aprovechan. Ellos han llegado a amar "los argumentos de la falsamente llamada ciencia" (1ª Tim.6:20), porque les entregan una supuesta forma de conocimiento "superior". Es lamentable que en muchos púlpitos hoy en día hallen más cabida los "altos principios" de la filosofía y la "alta crítica" teológica que las santas admoniciones del Espíritu por su Palabra santa.

Un prodigio grande y espantoso

En Isaías 29:14 dice: "Por tanto, he aquí que nuevamente excitaré la admiración de este pueblo con un prodigio grande y espantoso; porque perecerá la sabiduría de sus sabios, y se desvanecerá la inteligencia de sus entendidos." Pablo toma este versículo y lo cita en 1ª Corintios 1:19: "Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos." ¿Cuál es el prodigio grande y espantoso que Dios iba a hacer? El iba a confundir la sabiduría de los sabios y a desechar el entendimiento de los entendidos, porque El quería revelarse a los niños.

Este es un prodigio "grande y espantoso", porque el mundo en su sabiduría no pudo conocer a Dios. Y por eso agradó a Dios salvar a los creyentes por medio de una locura: la locura de la predicación (1ª Cor.1:20-24).

En otro lugar Pablo dice: "Porque las armas de nuestra milicia no son carnales , sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo" (2ª Cor.10:4-5). Aquí vemos que no solamente Dios destruye y desecha el entendimiento de los hombres; sino que, además, nos invita a nosotros a colaborar con él para destruir fortalezas y argumentos, y derribar toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios. Dios nos invita a tomar parte en esta obra. Así que, no temamos a Baal. No temamos cortar la imagen de Asera (Juec.6:25-28). Los muchos ídolos de la mente –cual Dagón– tienen que caer delante del Señor (1 Sam.5:1-4).

La revelación de Dios

Tenemos que volvernos al Espíritu y a la revelación de Dios. La única forma de conocimiento segura es la revelación de Dios a nuestro espíritu a partir de su Palabra. ¿Qué es la revelación de Dios? La revelación es un acto soberano de Dios por medio del cual El se da a conocer a sí mismo en la persona de su Hijo amado, y todo lo que a El concierne: la iglesia, su propósito, su reino, su voluntad. Y lo da a conocer a los hombres para que ellos colaboren en su obra y sirvan a su propósito.

Si es un acto soberano de Dios, entonces significa que él lo hace con quien quiere. El se revela o se esconde. El ciega o abre los ojos. Este acto soberano de Dios siempre va a significar darse a conocer a Sí mismo en la persona de su Hijo, porque El es la imagen del Dios invisible, en quien tiene complacencia. Esta revelación siempre estará centrada en su Hijo. El Espíritu Santo siempre nos va a llevar a Cristo. Este es uno de los principios básicos para un siervo de Dios.

Esta revelación siempre se origina en Dios y se dirige al hombre, el cual, simplemente, la recibe a través de una visión o una "audición" espiritual. Es un acto, por tanto, doble: Dios se descubre, y el hombre recibe la capacidad de verlo. El cielo se abre y el velo es quitado del corazón del hombre. Dios se revela y los sentidos espirituales del hombre (ojos y oídos del entendimiento) reciben la capacidad de percibir.

Para que nosotros pudiésemos ver, Dios tuvo que bajar, mediante el Espíritu Santo, desde su luz inaccesible y abrirse paso a través de esta maraña de tinieblas, y luego, El ha tenido que tocar los ojos de nuestro entendimiento, el cual el príncipe de este mundo había cegado, para que ahora veamos la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.

La Palabra, en Hechos 7:55-58 nos muestra a Esteban, quien, lleno del Espíritu Santo vio a Jesús a la diestra de Dios. Él dijo: "He aquí, veo los cielos abiertos , y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios." Entonces, los que le rodeaban, dando grandes voces, arremetieron contra él y le mataron. Esteban estaba lleno del Espíritu Santo: siempre que hay revelación de Dios está presente el Espíritu Santo. Y encontramos que el cielo se abre y luego los ojos de Esteban son abiertos. El resultado es que Esteban pudo decir: "He aquí, veo". Pero, ¿qué hicieron los demás? Obraron de acuerdo a lo que veían, y como no veían nada, entonces, enfurecidos, le mataron.

Juan el Bautista da un testimonio semejante (Jn.1:32-34). Los demás no vieron descender el Espíritu sobre Jesús, pero Juan lo vio. A Juan le fue concedido ver, a los demás, no. La revelación siempre es un asunto personal. Usted no puedes funcionar por la revelación de otro. Los cielos tienen que abrirse para usted, para que vea al Hijo de Dios a la diestra del Padre. Cuando hemos visto al Señor, estamos hermanados, y ya no necesitamos hablar de comunión, porque la tenemos al ser miembros de un mismo cuerpo. No es necesario predicar la unidad cuando hemos visto lo mismo.

Tenemos necesidad de revelación

Pidamos al Señor que ilumine nuestro entendimiento para no caer en la ceguera de María, que cuando vio al Señor en el huerto pensó que era el hortelano; o la de aquellos dos discípulos que, camino a Emaús, conversaron con el Señor sin darse cuenta que era El. Se puede estar cerca de Jesús sin verlo. Se puede tener el nombre de que vive y estar muerto. Se puede estar en medio del pueblo de Dios y no haber visto al Señor. No hay cosa más patética que estar delante del Señor resucitado y confundirlo con un hortelano. Si algún día usted pensó que había otra forma de conocer al Señor, es bueno que sepa ciertísimamente que no es así. No hay otra forma de conocer a Cristo y todo lo tocante a su gloriosa persona, sino por revelación de Dios, porque es demasiado alto como para que la carne y la sangre le puedan siquiera vislumbrar.

Rechacemos toda falacia del diablo, toda hueca sutileza, toda filosofía engañosa, toda forma de ciencia humana, la cual profesando algunos, se desviaron de la fe (1ª Tim.6:20-21). Todo eso es conocimiento vano, es pura letra. No nos dejemos engañar por ciegos guías de ciegos, por constructores de edificios de ladrillos que edifican sobre arena. No nos dejemos engañar por falsos defensores de la fe – como si la fe necesitara ser defendida. Maestros eclécticos, modernos escribas y fariseos, racionalistas muertos, falsos doctores y padres seráficos, mercaderes de la religión, que piensan que con razonamientos humanos se pueden explicar las santas verdades de Dios.

Es tiempo de que diferenciemos lo santo de lo profano, lo verdadero de lo falso; es tiempo que distingamos la luz de las tinieblas. Si nos volvemos a las santas verdades reveladas de Dios, la iglesia va a experimentar una gloria como nunca antes ha conocido. Toda vez que el pueblo de Dios se ha vuelto a las filosofías y a las doctrinas muertas, se ha marchitado y entristecido. Pero cuando se vuelve a la palabra de la Cruz, al Espíritu Santo y a la revelación de Dios, entonces comienza a revivir, la antorcha vuelve a alumbrar, el fuego se aviva de nuevo, el don de Dios se ejercita otra vez, y la vida vuelve a fluir. Este es el día en que nos inclinemos delante de nuestro bendito Dios y nos ofrezcamos, para que El ponga en nosotros su luz, y pueda Él usarnos como quiera. Que así sea.

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