Mensajes de restauración

Cronología de la restauración

La restauración de los muros y del templo de Jerusalén luego del cautiverio babilónico es una figura precisa y cabal de la restauración de la iglesia en nuestros días.

En estos días tenemos la percepción de que Dios está haciendo algo grande entre nosotros, y no sólo entre nosotros aquí en Chile, sino en todo el mundo. No se trata de algo espectacular a los ojos humanos, sino que es una obra silenciosa pero sostenida en el corazón de los que aman al Señor.

Muchos de nosotros habíamos perdido la esperanza. Pensábamos que el Señor ya se había olvidado de nosotros, o bien que lo vivido en estos últimos años no había sido la voluntad de Dios para nosotros. Pero ahora vemos que el Señor, en su misericordia, está haciendo cosas que nos asombran, y que no estaban en el corazón de ninguno de nosotros.

Si el Señor lo permite, quisiera que revisáramos algunas lecturas en la Biblia. Estas se relacionan con el pueblo de Israel, pero, pese a ello, tienen mucho que ver con lo que el Señor está haciendo en estos días.

Al examinar estas cosas, lo haremos con la profunda convicción de que están escritas, no como una simple relación histórica de lo sucedido en tiempos pasados con el pueblo escogido, sino que están como ejemplo para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos (1ª Cor.10:11). Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza. (Rom.15:4).

Tras los hechos que revisaremos, hay toda una alegoría de lo que a nosotros nos ha sucedido en los últimos años, y que es, tal vez, lo mismo que sucede en cualquier época y lugar, cuando Dios lleva a cabo un movimiento restaurador como el que está realizando entre nosotros.

El decreto de Ciro, rey de Persia
(Año 1º de Ciro)

En 2 de Crónicas 36:22-23 se dice cómo el Señor, para cumplir lo que Él había dicho por boca del profeta Jeremías (Jer. 29:10), despertó el espíritu de Ciro, rey de Persia, el cual publica en todo el reino que Dios le ha mandado que le edifique casa en Jerusalén. Y luego, invita a los israelitas a que suban a Jerusalén para hacer la obra.

Resulta difícil imaginarse lo que esto significaba para los judíos. Durante los duros años de cautiverio, muchos de ellos habrían perdido, tal vez, la esperanza de ver su tierra. Otros, como Daniel, que conocían las Escrituras (Dan.9:1-2), sabían que los tiempos establecidos por Dios se estaban cumpliendo. Y ahora no sólo se les invita a que regresen, sino que, además, se les encomienda que reconstruyan el templo. Esto era, sin duda, una demostración más de la misericordia de Dios, tantas veces demostrada para con Israel.

Esto ocurre en el primer año del reinado de Ciro. Habiéndose cumplido los setenta años del cautiverio en Babilonia, Dios se suscita un rey y ordena los acontecimientos de la historia para el cumplimiento de su Palabra: cayó el imperio babilónico, surgió el imperio persa, del cual Ciro fue su primer rey, y la casa de Dios que estaba en Jerusalén puede ya ser reedificada. En su presciencia y en su gobierno universal, Dios utiliza a los reyes de la tierra para que sus propósitos tengan cumplimiento.

La orden de Ciro fue cumplida. Desde Babilonia salieron los jefes de las casas paternas de Judá y Benjamín, y los sacerdotes y levitas, todos aquellos cuyo espíritu despertó Dios, para subir a edificar la casa del Señor en Jerusalén (Esdras 1:5). El rey hizo sacar, además, los utensilios de la casa de Jehová que Nabucodonosor había llevado a Babilonia y los entregó a los israelitas para que los devolvieran a Jerusalén. A cargo de ellos iba Zorobabel y Josué (o Jesúa) (Esd. 2:1-2). En total subieron unas cincuenta mil personas (Esd. 2:64-65).

Debemos destacar aquí una cosa sumamente importante: el único iniciador de las obras espirituales es Dios. Dios despertó el espíritu de Ciro, primeramente (Esd.1:1); luego despertó el espíritu del pueblo para subir a Jerusalén (Esd.1:5); y, como veremos más adelante, Dios despertó de nuevo el espíritu del pueblo para que reiniciara la obra (Hageo 1:14). Él se suscita hombres, Él ordena la circuns-tancias y determina cómo tienen que hacerse las cosas. Ningún hombre, por muy espiritual y bien intencionado que sea, puede iniciar una obra espiritual. La obra de la restauración es una obra de Dios.

Restauración del altar y del culto
(Año 1º, mes 7º)

Una vez llegados a Judá, y establecidos en sus ciudades, los retornados se juntaron en Jerusalén. Lo primero que decidieron hacer allí fue edificar un altar para ofrecer holocaustos al Señor. Pero fueron muy cautos: “Y colocaron el altar sobre su base, porque tenían miedo de los pueblos de las tierras”. Los comienzos fueron tímidos, porque tenían miedo de los vecinos.

En setenta años, muchos pueblos se habían fortalecido en los alrededores. Ahora, al retomar el ritual establecido en la ley, ellos temían. Desde el primer día del mes séptimo comenzaron a ofrecer holocaustos al Señor, y el Espíritu Santo deja constancia de un hecho importante: “pero los cimientos del templo de Jehová no se habían echado todavía.” (3:6). ¿Qué significa?

El altar es lo primero que se levanta. En los inicios de la vida cristiana el corazón establece la comunión con Dios, y en él se ofrecen sacrificios aceptables a Dios por medio de Jesucristo (1ª Pedro 2:5). Esto es una vocación interior del corazón, una relación personal del creyente con su Señor. Tal como Abraham en Canaán, el altar tiene que ser establecido apenas tomamos conciencia de nuestra condición de hijos de Dios. El altar habla de un adorador que ha sido escogido por Dios para serlo, porque Dios busca siempre adoradores que le adoren en espíritu y verdad (Juan 4:23-24).

Aún antes de levantarse la casa de Dios, y también después, estando ella presente, hemos de tener, como creyentes, un altar al Señor en nuestro corazón. Aun antes de hallar y disfrutar la comunión con otros hijos de Dios, hemos de ser adoradores del Dios vivo y verdadero.

Luego, una vez erigido el altar y ofrecidos los holocaustos, el pueblo comenzó a hacer los preparativos para la obra de la casa (3:7-8).

Colocación de los cimientos del templo
(Año 2º, mes 2º)

Comienza la obra en la casa de Dios. Algunos jefes de casas paternas hicieron ofrendas voluntarias para la casa de Dios: oro, plata, y cien túnicas sacerdotales. El tesorero de la obra supo de la generosidad de los que amaban al Señor (Esd. 2: 68-69).

Entonces, todos los levitas mayores de veinte años fueron puestos a trabajar, y los albañiles comenzaron su labor. Entretanto, los sacerdotes, vestidos con sus atuendos sagrados, y con trompetas en sus manos, y los levitas hijos de Asaf con címbalos, alababan al Señor.

Su canción era la misma que cantaban en tiempos de David y Salomón varios cientos de años antes, y que ahora tenía un nuevo sentido para ellos: “Porque él es bueno, porque para siempre es su misericordia sobre Israel”. El pueblo cantaba y aclamaba con grandes muestras de alegría. Los ancianos ya centenarios, que habían pasado los setenta años en el cautiverio y que habían visto la gloria de la casa primera, lloraban en alta voz al ver que se ponían de nuevo los cimientos.

Los más jóvenes seguramente no entendían por qué los ancianos lloraban así. Pero éstos sabían muy bien. Después de perdida la gloria por tantos años, parecía un sueño poder recuperarla. Ahora se cumplía la palabra: “Cuando Jehová hiciere volver la cautividad de Sion, seremos como los que sueñan. Entonces nuestra boca se llenará de risa, y nuestra lengua de alabanza.” (Salmo 126:1-2a). Ahora estaban viendo lo que muchos de ellos nunca pensaron que tendrían la dicha de ver. Por eso, “no podía distinguir el pueblo el clamor de los gritos de alegría, de la voz del lloro; porque clamaba el pueblo con gran júbilo, y se oía el ruido hasta de lejos.” (3:13).

La obra se detiene
(2º año de Ciro hasta el 2º año de Darío)

Sin embargo, la obra no continuó mucho más adelante. Rápidamente, los enemigos de Israel se pusieron en movimiento y acordaron un doble plan para estorbar la obra. Primero trataron de infiltrarse entre el pueblo y tomar parte en ella, para neutralizarla desde adentro. Pero Zorobabel y Josué se percataron de la maniobra y los rechazaron. Entonces, al verse frustrados en sus propósitos, actuaron abiertamente y lograron intimidarles para que no edificaran.

También sobornaron contra ellos a los propios consejeros de los judíos para frustrar sus propósitos. Esto ocurrió “todo el tiempo de Ciro, rey de Persia y hasta el reinado de Darío rey de Persia” (Esd. 4:5). La obra estuvo suspendida, exactamente, “hasta el año segundo del reinado de Darío rey de Persia” (4:24).

¿Cuántos años pasaron entre la interrupción de la obra y el año segundo del rey Darío? La suspensión no fue de un año ni dos, ni siquiera diez. El reinado de Ciro duró ocho años, luego vinieron dos reyes de corta duración (Cambises y Esmerdis) y posteriormente vino Darío. Habían transcurrido en total unos diecisiete años.

¿Qué pasó por la mente de Zorobabel y Josué en todo ese tiempo? Ellos seguramente fueron perdiendo poco a poco la esperanza de poder retomar la obra. Ellos se acomodaron a los tiempos y a las circunstancias adversas. Muchos se olvidaron del propósito por el cual habían venido a Jerusalén. Entretanto, se abocaron a la tarea (menos ingrata) de construir sus propias casas: hermosas casas artesonadas.

La obra se reinicia
(Año 2º de Darío)

En Esdras cap. 5 se dice que Hageo y Zacarías profetizaron a los judíos que estaban en Judá y en Jerusalén “en el nombre del Dios de Israel quien estaba sobre ellos.” (5:1). Entonces, como resultado de esta palabra, se levantaron Zorobabel y Jesúa y comenzaron a reedificar la casa de Dios, ayudándoles los mismos profetas.

Para una más completa relación de los sucesos de la restauración, vamos a ir a los libros de los profetas mencionados, para ver, por la importancia que tiene todo este proceso, con mayor detalle qué sucedió y en qué orden.

El llamado a reedificar
(Año 2º de Darío, mes 6º, día 1º)

En Hageo 1:1-14 tenemos la primera palabra que Dios habló a Zorobabel y a Josué por boca de este profeta. ¿Qué les dice Dios?

Les dice que ellos están equivocados al pensar que no es aún el tiempo de reedificar la casa, que han postergado la demasiado la obra. Ellos se han preocupado de embellecer sus propias casas, mientras la casa de Dios está desierta.

Por ese descuido, por esa negligencia, su trabajo particular no ha prosperado: siembran mucho y recogen poco; comen y no se sacian; beben y no quedan satisfechos; se visten, pero no se calientan. Ellos se han olvidado del Señor.

Por eso, ahora el Señor les ordena que suban al monte, que traigan madera y reedifiquen la casa. Este subir al monte tiene un profundo significado espiritual. El monte es el lugar del encuentro con Dios, donde se recibe la luz, y donde se conoce su voluntad.

Es allí donde es mostrado el modelo de lo que hay que edificar (Heb.8:5). No se puede tomar parte en la restauración sin haber visto algo en el monte.

¿Cuál fue la respuesta de ellos a este mensaje? En los versículos 14 y 15 de este capítulo dice que el Señor despertó el espíritu de Zorobabel, el espíritu de Josué y el espíritu de todo el resto del pueblo, y vinieron y trabajaron en la casa de Dios.

Nótese que no sólo fueron despertados Zorobabel y Josué, sino todo el resto del pueblo, porque la restauración es la obra de todo el pueblo de Dios, no sólo de sus líderes. Esto ocurrió el día veinticuatro del mismo mes sexto. Es decir, pasaron veintitrés días entre el mensaje que Dios habló y el reinicio de la obra.

Fueron veintitrés días en que el Señor amonestó a cada uno de los israelitas que habían vuelto de Babilonia. ¡Bendita obra la del Espíritu Santo! Veintitrés días obrando en el pueblo de Dios, tocándolos uno por uno para despertarlos, porque estaban dormidos. Cuando el Espíritu Santo toca los corazones, los despierta y los mueve a actuar, entonces nadie lo puede resistir y nadie lo puede obstaculizar. Así que “vinieron y trabajaron en la casa de Jehová de los ejércitos, su Dios.” ¡Aleluya!

La gloria postrera, mayor que la primera
(Año 2º de Darío, mes 7º, día 21º)

La segunda profecía de Hageo está dirigida a Zorobabel, a Josué y al resto del pueblo (2:1-9). El Señor les dice que cobren ánimo y trabajen, porque, aunque la casa que han comenzado a edificar es como nada comparada con la primera, Él está con ellos y llenará de gloria esta casa, con una gloria mayor que la primera.

Seguramente en esos últimos veintiocho días, el pueblo había comenzado a desanimarse, por lo grande de la obra y lo escaso de las fuerzas. Habían surgido voces inconformistas. Los recursos eran escasos, el pueblo pobre. La casa anterior, construida en tiempos de Salomón, tenía mucho oro y piedras hermosas. En aquélla habían trabajado treinta mil israelitas, además de los ciento cincuenta y tres mil siervos libaneses que habían traído la madera y la piedra labrada. Ahora, en cambio, eran tan pocos, y muchos de ellos ancianos.

Y además, desde afuera había amenazas. Eran voces diabólicas que pretendían intimidar al pueblo, igual que la primera vez, bajo el reinado de Ciro. Por eso Dios les habla de nuevo para animarles. Aunque los ojos de ellos no lo vean así, la gloria de esta casa, que se ve tan modesta, será mayor que la primera. Además, les dice: “Mía es la plata y mío es el oro” (2:8), así que no hay razón para sentirse empequeñecidos. Nuestro Dios tiene todos los recursos. Nosotros no andamos por vista, sino por fe.

La hermosura de la casa de Dios no depende de la calidad de los materiales con que está construida (¡ay, qué indignos son!), sino del Dios que la habita. Si Dios pone su gloria en ella, es hermosa; si no, entonces aunque parezca fastuosa a los ojos de los hombres, no es casa de Dios.

Un llamado a comprometerse
(Año 2º de Darío, mes 8º)

Diez días después de la profecía anterior, el Señor da un mensaje a Zacarías (Zac.1:1-6). Esta vez el Señor habla por medio del profeta Zacarías. El Señor en su misericordia usa más de un vaso para sus propósitos. Por boca de dos o tres testigos consta toda palabra (Mateo 18:16), y por boca de dos o tres profetas Él habla a su pueblo (1ª Cor. 14:29). El Señor refuerza lo dicho a través de Hageo, esta vez por medio de Zacarías. ¿Qué dice el Señor?

El Señor envía una palabra de advertencia. El pueblo aún no está debidamente comprometido en la obra, por eso les dice que se vuelvan a Él, y entonces Él se volverá a ellos. Les recuerda la desobediencia de sus padres, y les insta a volverse de sus malos caminos. Ese mismo era el mensaje que Dios les había enviado a sus padres desde tiempo antiguo, pero aquéllos desobedecieron.

No les vaya a ocurrir a ellos lo mismo ahora.

El Señor necesita un pueblo unánime, y con un corazón dispuesto para Él. Él no puede hacer la obra de restauración con un pueblo que tiene su corazón dividido.

El segundo cimiento
(Año 2º, mes 9º, día 24º)

El Señor habla la tercera vez por boca de Hageo (2: 10-19). El Señor reprende al pueblo por su falta de santidad, y por su falta de celo en el servicio de Dios. Luego, les invita a meditar en su corazón desde ese día (24 del mes 9º) “antes que pongan piedra sobre piedra en el templo de Jehová”.

Esto significa que a esta fecha aún no se había puesto el cimiento. La obra hasta ahí había consistido en disponer los materiales, pero aún no estaban los cimientos. Entonces, el Señor agrega: “Meditad, pues, en vuestro corazón, desde este día en adelante, desde el día veinticuatro del noveno mes, desde el día que se echó el cimiento del templo de Jehová; meditad, pues, en vuestro corazón.”

Estas palabras merecen nuestra mayor atención. Aquí el Señor da la fecha exacta en que se está poniendo el cimiento del templo de Jehová. Es el día 24, del mes 9º, del año 2º del rey Darío.

Esto nos sorprende. ¿Es que acaso el cimiento no se había puesto diecisiete años antes, en el año segundo del rey Ciro, como se ve en Esdras capítulo 3? ¿Es que hay acaso dos cimientos, uno encima del otro? ¿O es que estuvo mal puesto el primero? ¿O acaso el paso del tiempo en esos diecisiete años lo corrompió? ¿Cuál de esas razones hizo necesario que diecisiete años después, Dios tuviera que poner un cimiento nuevo y definitivo para su casa? ¿O hay alguna otra?

La obra de Dios se sustenta sobre un solo cimiento, el cual es Jesucristo (1ª Cor.3:11). Si una obra se edifica sobre otro fundamento, o sobre un fundamento mezclado, entonces tal obra no puede prosperar. Entonces, Dios tiene que interrumpirla y aun derribarla. Porque Dios no permitirá que su casa se establezca sobre otro fundamento que no sea su Hijo.

El cimiento primero de la casa fue levantado por un Zorobabel y un Josué aún inexpertos. Ellos no tuvieron la luz suficiente para poner el único fundamento estable. Diecisiete años habrían de pasar antes de aprender las lecciones que Dios tenía que enseñarles.

El cimiento primero había sido puesto por orden de Ciro. Este segundo fue puesto por orden de Dios, dada directamente por medio de sus profetas. En el primero hubo iniciativa humana, aunque es verdad que Dios habló a Ciro. En el segundo, en cambio, no fue consultada la carne y la sangre. Dios en su soberanía absoluta, despertó el espíritu de su pueblo para la obra de la restauración.

El hecho de que diecisiete años después se echen de nuevo los cimientos nos indica, además, que la restauración no es la obra de un día, sino que es un proceso. Es un largo tiempo en que los hombres de Dios son purificados, en el fuego de la prueba, de toda presunción y vanidad personal. Lección tras lección, lágrima tras lágrima, fracaso tras fracaso se van depurando los instrumentos que Dios utiliza para sus altos propósitos.

Podemos advertir otra diferencia importante entre la colocación del primer cimiento en el año 2º de Ciro y la del segundo en el año 2º de Darío, diecisiete años después. En Esdras cap. 3 se dice que el primer cimiento fue echado con grandes demostraciones de alabanza y lloro, con mucha gloria; en cambio, aquí en la colocación de este segundo cimiento no hay nada que se le parezca.

Antes, los siervos tuvieron una ingenua seguridad en sus propios medios (aunque no estuviesen plenamente conscientes de ello), y en la grandeza de la obra a que Dios los llamaba. Ahora, en cambio, existe una fuerte conciencia de fracaso. Ellos ahora tiemblan, porque temen caer de nuevo.

Es este, pues, un nuevo y definitivo cimiento. Y el Señor lo enfatiza, mencionando dos veces la fecha en que se echa (Hag. 2:10 y 18), para que no se confunda con el cimiento anterior.

Luego de asentarlo así en el corazón del pueblo, el Señor continúa hablando: “¿No está aún la simiente en el granero? Ni la vid, ni la higuera, ni el granado, ni el árbol de olivo ha florecido todavía; mas desde este día os bendeciré.” (2:19)

Este es aún día de esperanzas, no de realidades. La simiente no está en el surco, no ha caído aún en la tierra, por lo tanto, no hay fruto todavía. La semilla está en el granero. La Palabra de Dios aún no ha desplegado en la tierra (que es el corazón de los hombres) todo su poder vivificante. Pero desde este día Dios ha decretado bendición para esa simiente aún guardada, de modo que cuando después caiga en el surco produzca una cosecha abundante. La vid, la higuera, el granado y el olivo tampoco han florecido siquiera, pero el Señor ha decretado también su bendición para ellos.

La vid, la higuera, el granado y el olivo no son árboles cualesquiera en la Biblia. Ellos nos hablan muy clara y hermosamente. La vid es Cristo mismo, del cual nosotros somos sus pámpanos (Juan 15). Este árbol nos enseña acerca de la unión indisoluble de Cristo y nosotros. Estamos unidos a El eternamente. Esta es una verdad que tiene que ser implantada en el corazón de muchos hijos de Dios que aún no experimentan su bendición. La higuera, por su parte, nos muestra la necesidad de dar fruto en todo tiempo (Lucas 13:6-9). El granado, con sus frutos rojos, nos habla de la preciosísima Sangre de Jesús, que es nuestra justicia y nuestro escudo.

En tanto que el olivo nos señala la elección de Dios que nos ha favorecido para siempre. Somos el olivo silvestre que ha sido injertado en el buen olivo (Rom. 11:16-24). Ahora podemos estar en la casa de Dios y ministrar al Señor.

Estos árboles todavía no han mostrado toda la vida que ellos tienen. Sus frutos están aún en cierne. Ni siquiera hay flores. Están como muertos. Es tiempo de invierno aún, pero ya vendrá la flor y luego el fruto abundante. Pero desde este día, día de silencio y de humillación, el Señor ha decidido bendecir a su pueblo. ¡Aleluya!

Consuelo para los restauradores
(
Año 2º, mes 11º, día 24º)

Vino una segunda palabra por medio de Zacarías al finalizar el año segundo de Darío. (Zac. 1:7-17). Es esta una profecía que abarca varios capítulos, pero que nosotros sólo vamos a ver en su primera parte.

Luego de mostrar a Zacarías la visión de los caballos, el Señor dice palabras consoladoras a Jerusalén. “Yo me he vuelto a Jerusalén con misericordia; en ella será edificada mi casa”; y más adelante agrega: “Así dice Jehová de los ejércitos: Aún rebosarán mis ciudades con la abundancia del bien, y aún consolará Jehová a Sion, y escogerá todavía a Jerusalén.”

Es enternecedor comprobar en este último versículo el amor persistente del Señor por Jerusalén. Nótese que en ese pequeño pasaje se usa tres veces una expresión similar: “Aún rebosarán mis ciudades”, “aún consolará Jehová a Sion”, y “escogerá todavía a Jerusalén.” Sabemos que “aún” y “todavía” aquí significan lo mismo. Estas tres expresiones denotan la paciencia de Dios por su pueblo. A pesar de todas las infidelidades, de todos los tropiezos; a pesar de todos los motivos que Israel ha dado para ser desechado; a pesar de la ira que se agravó sobre Jerusalén en el cautiverio; a pesar de eso, todavía Dios tiene propósito y tiene palabras consoladoras para ella.

A veces parece que Dios se ha olvidado. Y, de hecho, si se olvidara, razón de más tendría para hacerlo. Pero Él es fiel hasta lo sumo y no se ha olvidado ni ha renunciado a su pueblo. Y de eso dan cuenta estas hermosas palabras.

De nuevo las amenazas

Apenas habían comenzado a levantar la casa sobre este segundo cimiento, vinieron a ellos Tatnai, el gobernador persa, y Setar-boznai con dos preguntas muy agudas: (a) ¿Quién os ha dado orden para edificar esta casa y levantar estos muros?, y (b) ¿Cuáles son los nombres de los hombres que hacen este edificio? (Esdras 5:3-4).

Evidentemente estas preguntas no eran inofensivas. Ellas tenían la intención de amedrentar a los restauradores, igual que la vez

anterior diecisiete años atrás. El diablo usa una y otra vez sus estratagemas para intentar desalentar al pueblo de Dios. Pero, gracias a Dios, este pueblo no ignora sus maquinaciones (2ª Cor.2:11). Por eso ahora no lograron intimidarles.

Dice el relato de Esdras: “Mas los ojos de Dios estaban sobre los ancianos de los judíos, y no les hicieron cesar hasta que el asunto fuese llevado a Darío; y entonces respondieron por carta sobre esto” (5:5). Los ojos de Dios estaban sobre los ancianos de los judíos, lo cual indica que el Señor les defendía. “Y no les hicieron cesar hasta que el asunto fue llevado a Darío”. Vino la amenaza, vino el intento de atemorizarlos, pero ellos no desistieron de la obra mientras enviaban cartas al rey Darío, para consultar si el rey autorizaba o no la reconstrucción del templo.

Zorobabel y Josué habían aprendido la lección. Ellos sabían ahora que si Dios había dado orden para reconstruir, Él mismo se encargaría de guardarles. Ninguna amenaza podía prosperar en tanto Dios tuviese sus ojos sobre ellos. Así que se mantuvieron firmes en su puesto.

Los diecisiete años de aprendizaje no habían sido en vano.

La orden de Darío

Consultado Darío sobre este asunto, ordenó que se buscara en la casa de los archivos reales. Allí hallaron copia de la orden dada por Ciro, en cuanto a la reedificación de la casa de Dios. Incluso aparecen las medidas y la autorización para devolver los utensilios de oro que habían sido tomados por Nabucodonosor en el cautiverio.

La decisión de Darío no se hizo esperar. Ordenó terminantemente a Tatnai y a Setar-boznai, que se alejaran de allí, que no molestaran a los restauradores. “Dejad que se haga la obra de esa casa de Dios; que el gobernador de los judíos y sus ancianos reedifiquen esa casa de Dios en su lugar”(6:7). Aún más, el rey ordena que de la propia hacienda real sean dados puntualmente los gastos para que no cese la obra, sean animales para holocaustos o alimentos para el pueblo. Y el mismo rey se subordina a Dios pidiendo al pueblo que se ore por la vida del rey y por sus hijos. Finalmente, y para asegurarse del cumplimiento de sus órdenes, amenaza con severas penas a quienes alteren su decreto.

Podemos ver aquí que este segundo comienzo no procedió de Darío, porque no se consultó a voluntad humana, aunque sí fue confirmada por Darío. Fue Dios, quien reina sobre los reyes de la tierra, quien inició la obra con sus profetas, y luego hizo que el corazón de Darío se inclinara ante Él y la corroborara. Por eso no podía ser impedida.

Así que los ancianos de los judíos edificaban y prosperaban, conforme a las profecías que Dios había enviado (Esd.6:14).

“Yo he restaurado a Sion”
(Año 4º, mes 9º, día 4º)

Hay aún una tercera palabra por boca de Zacarías en el segundo año de la restauración, que es el cuarto del rey Darío. (Zac.7:1 y siguientes.) El Señor, conforme a su visión eterna de las cosas, dice: “Así dice Jehová: Yo he restaurado a Sion, y moraré en medio de Jerusalén; y Jerusalén se llamará Ciudad de la Verdad, y el monte de Jehová de los ejércitos, Monte de Santidad”.(8:3)

El Señor habla de la restauración de Sion como algo consumado. Él es el que llama las cosas que no son como si fuesen (o, mejor, “para que sean”). Aún faltan dos años de trabajo para que la casa esté concluida, pero Él ya la declara restaurada.

La fe que Dios comunica al corazón del creyente trae esta bendita paradoja: lo que no es, se declara como una cosa que ya está hecha. Y esto alegra el corazón del creyente y le hacer levantar las manos caídas y las rodillas paralizadas. (Heb. 12:12).

El Señor agrega, en esta profecía: “Esfuércense vuestras manos, los que oís en estos días estas palabras de la boca de los profetas, desde el día que se echó el cimiento a la casa de Jehová de los ejércitos, para edificar el templo.”(8:9) Y luego les asegura que ahora, a diferencia de los días pasados, “habrá simiente de paz; la vid dará su fruto, y dará su producto la tierra, y los cielos darán su rocío; y haré que el remanente de este pueblo posea todo esto.” (8:12).

¡Qué alivio traen al corazón las benditas promesas de Dios! En el día malo, en el día que se oscurece el cielo, el corazón halla refugio y aliento en las promesas de Dios. La obra de Dios no puede ser hecha con la fuerza de la carne y de la sangre, no con ejército ni con fuerza, sino con el Espíritu del Señor (Zac.4:6). Por eso, el corazón del creyente encuentra tanto consuelo y fuerza en las palabras del Señor. Si el Señor ha dicho esto, hay razón para estar gozosos.

Luego, el Señor establece algunas demandas al pueblo, que tienen que ver con la santidad: “Hablad verdad cada cual con su prójimo; juzgad según la verdad y lo conducente a la paz en vuestras puertas. Y ninguno de vosotros piense mal en su corazón contra su prójimo, ni améis el juramento falso; porque todas estas son cosas que aborrezco, dice Jehová”. (8:16-17). La obra de los restauradores puede verse impedida si es que no hay verdad y paz en el corazón de cada uno hacia su hermano. El corazón ha de estar limpio para que Dios bendiga la obra de sus manos.

Terminación y dedicación de la casa
(Año 6º, mes 12º, día 3º)

Finalmente, la casa fue terminada el día 3º, del mes 12º (Adar), del año 6º del rey Darío.

La reconstrucción demoró apenas cuatro años y tres meses. El templo de Salomón había tardado siete años y medio en construirse; el de Herodes posteriormente demoraría cuarenta y seis años. Este de Zorobabel no era nada comparado con la fastuosidad de aquéllos, pero la promesa era que la gloria de esta casa sería mayor que la primera. Esta casa había sido levantada en corto tiempo, porque los “hijos de la cautividad” habían puesto diligencia en la obra. Ellos habían sido despertados y alentados por el Señor mismo.

Concluida la obra, los hijos de Israel hicieron la dedicación de la casa con gozo. Ofrecieron holocaustos, pusieron a los sacerdotes en sus turnos y a los levitas según sus clases, de acuerdo a lo establecido en la ley. Y al mes siguiente, el primer mes del año, celebraron la pascua. Los “hijos de la cautividad” podían celebrar, y con toda razón, porque Dios los había prosperado.

La casa estaba reedificada.

La restauración entre nosotros

Tras las pruebas y derrotas que vinieron después del primer inicio se hace difícil seguir hablando de restauración. Parece algo lejano y utópico, e, incluso, extemporáneo. Los que aún no han sido despertados por Dios no lo pueden creer. Pero he aquí que la obra tiene un segundo y verdadero inicio. La restauración tiene un nuevo comienzo. Hemos de ver que la obra recuperadora de Dios tiene un segundo y definitivo inicio. Dios nos ofrece una nueva oportunidad. Este es día para ver que hay un nuevo comienzo, y que nosotros estamos siendo invitados a tomar parte en la obra. Es Dios mismo que está despertando nuestro espíritu para retomar las labores que habíamos abandonado. Nuestro privilegio es que Dios nos esté llamando a tomar parte en su obra. Esto es nada menos que la obra de Dios.

Dios no ha renunciado a su propósito de restaurar su casa, que es la iglesia, porque es a través de ella que serán restauradas todas las demás cosas.

A lo mejor usted se ha sentido cansado y se ha sentido herido, desanimado y hundido, pero Dios lo ha esperado hasta hoy. Dios no ha renunciado a usted. Usted tiene que ver que hay una gloria postrera mayor que la primera. Si usted vio alguna vez la gloria de Dios, debe saber que aún queda lo mejor. Si usted participó en este trabajo en otro tiempo y ha colgado su espada y sus herramientas, es tiempo de volver a tomarlas. La casa tiene que ser reedificada. Porque luego, en un poco de tiempo más, el Señor vendrá con su galardón para recompensar a cada uno según haya sido su obra.

Si usted es de aquellos hijos de Dios que sólo tienen el altar, pero que no han conocido la casa de Dios, debe saber que Dios tiene su casa, y que en ella Él pone su voluntad. Sepa usted que hay un lugar en que están las piedras vivas, las cuales el Espíritu Santo está edificando como un templo santo en el Señor. Y son bienaventurados los que habitan en la casa de Dios, porque allí halla cobijo el gorrión y la golondrina nido para sí.

No es este un juego de niños. No podemos jugar a entrar y a salir del propósito de Dios. Porque este es el propósito eterno de Dios, revelado en su Palabra.

Inclinemos nuestro corazón delante del Señor para que Él tenga mucho pueblo que esté dispuesto a subir al monte y traer madera para reedificar la casa. El Señor convoque a los que aún están cautivos, a los desanimados, a aquellos cuyas rodillas están débiles y cuyos brazos están caídos. Y que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado. Que la casa de Dios sea restaurada y que El pueda poner en ella su gloria. Amén.

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