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Preguntas
y excusas que suelen darse para no seguir a Cristo
¿Qué
es la verdad?
“Le dijo Pilato: ¿Qué es la verdad? Y cuando hubo dicho esto, salió
otra vez a los judíos, y les dijo: Yo no hallo en él ningún delito.” (Juan 18:38).
Pilato preguntó al Señor: “¿Qué es la verdad?”.
Esta es una buena pregunta.
Esta pregunta ha apasionado a los hombres desde tiempos antiguos.
Los filósofos griegos se la hicieron miles de veces.
Las respuestas que dieron a ella podría llenar varias bibliotecas.
(Algunas de ellas son bien simpáticas).
Pilato pudo haber encontrado al fin la respuesta.
Sin embargo, Pilato cometió un gravísimo error:
¡Él no esperó la respuesta!
¡Dejó a Jesús hablando solo!
De Jesús había oído hablar mucho (lo había llegado a considerar un
gran hombre),
pero ahora tenía delante de él a un hombre despreciable, sin ningún signo de grandeza.
Salvo que este hombre se había atrevido a decirle:
“Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar
testimonio de la verdad.
Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz.”
Palabras, sin duda, audaces, pero que no lograron despertar la curiosidad
de Pilato, el helenista.
¡Él no esperó la respuesta! ¡Dejó a Jesús hablando solo!
Pilato tuvo la Verdad ante sus ojos, pero no la conoció.
Su pregunta revela, no el inquisidor acercamiento de quien busca de
veras conocer la verdad,
sino la de quien ya no cree que la verdad exista.
No es la pregunta anhelante que se hace a quien nos puede dar una
respuesta, sino que es la pregunta escéptica de quien ya no cree en nada,
ni espera creer en nada.
Muchos hay, como Pilato, que invierten una vida entera preguntándose
por la verdad, sin hallarla.
¿Será que Dios se esconde de ellos?
¿Es que a Dios no le interesa que el hombre le conozca?
Han
hecho muchos esfuerzos ... esfuerzos vanos. han leído miles de libros,
han conversado con muchos sabios, han meditado largas horas ... por años,
¡pero no la han encontrado! ¿Por qué?
Ellos la han buscado desde su inteligencia –a sus ojos, portentosa–
y no desde su fragilidad.
Hallar la verdad no es un asunto de lucidez mental, sino del corazón.
El buscador profesional de verdades, pierde, en esta larga búsqueda,
el norte,y se dedica, como los epicúreos y estoicos de los días de Pablo,
sólo a decir y oír algo nuevo.
Finalmente,
cae en la rebusca de pequeñas verdades para exhibir, en un vanidoso juego
intelectual, y ya no se interesa en conocer (de verdad) la verdad que
salva.
Conocer la Verdad no es un ejercicio intelectual, porque ella exige
que se la viva.
Hallar la Verdad es volcarse a ella.
Tener la Verdad es renunciar a todas las verdades anteriores, celosamente
defendidas.
Sólo quien quiera conocer de veras la Verdad, la conocerá.
Ella
no está tan lejos que no pueda ser alcanzada, ¡está cerca!
Ella se le presentará en el momento menos pensado para nunca más abandonarle.
Quien busca la Verdad con el sincero deseo de encontrarla, conocerá
que Jesucristo, el Hijo de Dios, es la Verdad.
Él dijo: “Yo soy la Verdad”.
Y nosotros decimos: “¡Sí, Señor, Tú eres la Verdad!”.
Quien
lo halla a Él, nunca más buscará pequeñas verdades aisladas,
sino que verá que Él es el centro de todas las verdades, y que todas ellas
palidecen ante su excelencia.
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